México fracturado: un país cansado de sobrevivir a sus tragedias.
- APCJ

- 20 nov 2025
- 4 Min. de lectura

Janeth Escobedo Román
Analista Política.
Entre el cansancio y el amor por su tierra, el pueblo mexicano sigue resistiendo, aferrado a la idea de que aún queda algo por salvar.
México atraviesa un descontento profundo. Cada día surge una nueva tragedia que nos sacude y nos recuerda que la violencia, la corrupción y la impunidad siguen marcando el rumbo del país. La gente ya no cree en discursos ni en cifras oficiales; cree en lo que vive. Y lo que vive, duele.
El campo se cansó de trabajar sin recompensa, de ver cómo el precio del maíz o del limón no alcanza ni para cubrir costos, mientras intermediarios y empresas se enriquecen. Se cansó de promesas rotas y de un gobierno que presume programas sociales mientras que el corazón agrícola del país se muere de hambre. El acuerdo de pagar 6 050 pesos por tonelada fue insuficiente: los productores pedían 7 200, y aun así solo beneficiaba a algunas regiones. El asesinato de un agricultor que exigía precios justos no fue excepción, sino otra señal del abandono que atraviesa al campo mexicano.
En medio de esta crisis también asesinan a quienes todavía se atreven a enfrentar al poder y al crimen organizado. Carlos Manzo, presidente municipal de Uruapan, Michoacán, fue ejecutado por intentar gobernar en un territorio donde los grupos criminales dictan las reglas. Su muerte exhibe un sistema podrido que castiga la honestidad y premia el silencio.
En redes se viralizó la frase: “Repitan conmigo: primera y última mujer presidenta. Claudia, no serviste pa’ nada.” Más allá de la guerra política, esa oración refleja decepción. El símbolo histórico de tener a la primera mujer presidenta se está desmoronando frente a un país que se siente más dividido, inseguro y desgastado.
Mientras tanto, el mexicano de a pie sobrevive entre el miedo y la rutina. Trabaja, paga impuestos, cuida a su familia y reza por volver con vida. Quienes deberían protegerle discuten desde la comodidad del poder como si no escucharan el grito de un país que pide auxilio.
Lo más doloroso no es que las cosas vayan mal, sino que parece que a nadie le importa. Se presume estabilidad, se repite que “todo va mejor”, pero la realidad es que la gente sigue igual o peor. Las redes hierven con llamados a la revocación de mandato, no por ser mujer, sino por la falta de resultados.
Esto no es de partidos ni colores: es de dignidad. De un pueblo cansado de ser espectador de su propia tragedia. El campo grita, las ciudades tiemblan, los jóvenes desconfían y las familias sobreviven. México no necesita discursos: necesita acción, decisión y valentía.
Hablo desde ahí: desde el cansancio y el amor profundo por mi país. Porque, más allá de la crítica, hay un corazón que duele. Y hablo no solo por mí, sino por quienes seguimos resistiendo entre la esperanza y la rabia, con el deseo casi terco de creer que México puede levantarse.
Amo a mi país, a su gente y a su cultura. Pero también estoy harta: de la injusticia disfrazada de burocracia; de la indiferencia institucional que reduce el dolor a estadísticas; de un gobierno que presume estabilidad mientras el país se desangra; de vivir en una nación donde el crimen organizado manda y el Estado obedece.
México no puede seguir siendo el país del “ya merito”. No podemos acostumbrarnos al miedo ni aceptar la corrupción como destino. O despertamos, o nos arrebatan hasta la esperanza.
Porque cuando un pueblo deja de creer, el poder pierde legitimidad. Y cuando el pueblo se harta de obedecer, el miedo cambia de bando. México está a punto de romper su silencio, y cuando lo haga, su voz no pedirá permiso.
Este país no pertenece al crimen organizado ni a los corruptos: le pertenece a su gente. A quienes siembran, enseñan, resisten y sueñan. Y quizá ahí, en ese grito colectivo nacido del cansancio y del amor por la tierra, comience la verdadera revolución: la de un México que ya no pide justicia, sino que la exige.
Porque México no se rinde, pero tampoco olvida. Y si hoy nos preguntamos qué será del país en medio de tanta herida abierta, la respuesta no está en los discursos oficiales, sino en lo que decidamos permitir o enfrentar. El futuro de México se escribe en cada injusticia que toleramos y en cada esperanza que nos negamos a soltar. Si no atendemos las raíces de nuestros males —la impunidad, la desigualdad, el abuso del poder, la violencia normalizada— corremos el riesgo de que este país se fracture aún más.
México podría seguir desangrándose, perdiendo a quienes lo sostienen. Pero también podría renacer. Todo dependerá de nosotros: de exigir, de participar, de no callar, de no permitir que la resignación se vuelva costumbre. Porque México no está condenado; está esperando. Esperando que su gente despierte, que la memoria pese más que el miedo, que el amor por la tierra supere la costumbre de sobrevivir.
Y quizá, cuando dejemos de normalizar lo inaceptable, México por fin encuentre el camino que durante décadas le han robado; un camino que sigue ahí, esperando a ser recuperado.



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