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Superficie de mármol

El mundial de mis emociones

  • Foto del escritor: APCJ
    APCJ
  • 29 abr
  • 3 Min. de lectura

Por: Daniel Gómez

La expectación que sentimos los amantes del fútbol es innegable. Estamos a poco más de 400 días de que la cuenta regresiva llegue a su fin; comenzará la Copa del Mundo 2026, en la cual México, Estados Unidos y Canadá serán anfitriones de este espectáculo que, cada cuatro años, paraliza al planeta. Por primera vez en la historia, el torneo se llevará a cabo en 3 países y 16 sedes de manera simultánea. Nuestro país albergará 13 partidos, divididos en 3 ciudades: Monterrey, Guadalajara y Ciudad de México, en donde el Estadio Azteca marcará un precedente al convertirse en el primer inmueble en albergar tres Copas del Mundo: 1970, 1986 y 2026.

Entre los recuerdos de mi infancia hay uno que es muy especial. Era mi primer mundial, estaba pegado al televisor y mis ojos no imaginaban que estuviesen a punto de atestiguar una verdadera proeza. Año 2014, estadio Castelão. Minuto 27 del primer tiempo, los ensordecedores cánticos brasileños, centro de Dani Alves, Neymar se eleva en el aire... y de pronto, silencio. Se ahogó un grito de gol, Guillermo Ochoa se lanzó por la pelota acariciándola con la palma de su mano. Había firmado la que, para muchos, es la mejor atajada en las Copas del Mundo.

El encuentro terminó cero por cero ante la incredulidad de los medios de comunicación brasileños, pues los pentacampeones eran los favoritos para llevarse el partido y, del otro lado, lucía imposible pensar en siquiera competir. Sin embargo, aquella tarde ocurrió algo que fue más allá de lo futbolístico. Nadie lo supo entonces, pero para los que creen en simbolismos, ese día pareció despertar el espíritu de lucha ancestral. Huitzilopochtli, dios de la guerra en el imperio mexica, emergió del cerro Coatepec para infundir valor a una selección mexicana aguerrida que se plantó frente a la verdeamarela.

Tenemos jugadores que han escrito su nombre con letras de oro en los archivos de las Copas del Mundo: el guardián del arco italiano Gianluigi Buffon, el incansable alemán Franz Beckenbauer, los astros argentinos Lionel Messi y Diego Armando Maradona, y al que, para muchos —y me incluyo—, es el más grande: Edson Arantes do Nascimento, bautizado como el “O Rei” Pelé, ganador de tres Copas del Mundo. Definitivamente, el creador fue bondadoso cuando decidió mandar a sus ángeles a jugar entre mortales, porque Pelé no era un ser humano, manejaba el balón como los dioses.

Estamos en vísperas de un nuevo mundial. Debemos marcar en el calendario el 11 de junio de 2026 como la fecha inicial del certamen, y, honestamente, las emociones están al límite. Habrá alegrías, tristezas, cánticos, desilusiones... pero, al final, todo es parte de este bendito deporte. La selección mexicana tiene la oportunidad de hacer historia y, por fin, cruzar el umbral hacia los cuartos de final, algo que no sucede desde 1986.

Durante el mes que dura el certamen, este es capaz de reunir familias enteras, incluso — sí, incluso— poner treguas a guerras y falacias de carácter político. Porque aquí no existen distinciones por color de piel, raza, religión o preferencia sexual. En conclusión, el mundial es el torneo deportivo más emocionante del planeta. Para los escépticos que nos ven como locos, déjenme demostrar que el fútbol no se trata de ver a 22 jugadores tocando el balón; es empaparte en historias que se forjan en tiempo real, tanto de redención, valentía y superación, como de venganza, miedo y derrota.

Como diría un famoso psicólogo, entregarse a la emoción del fútbol no es algo ridículo; es inevitable, universal y profundamente humano.

—La tiene México de la mano de Edson Álvarez, conduce, última jugada del partido, centro para Raúl Jiménez, que la cabecea así…

—¡GOOOOOOOL de México! ¡México es campeón del mundo!

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