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Superficie de mármol

Viviendo nuestras creencias.

  • Foto del escritor: APCJ
    APCJ
  • hace 1 día
  • 3 Min. de lectura
Por Roberto Espíndola.
Por Roberto Espíndola.

Sabemos que vivimos en un mundo marcado por el avance científico, la conectividad y el aparente laicismo de la vida pública, sin embargo, la religión sigue ocupando un lugar central en la historia de la humanidad.


La cual se hace presente como una fuerza cultural, social y simbólica, que ha moldeado civilizaciones enteras y continúa influyendo en la forma en que los grupos humanos entienden el bien, el mal, la vida y la muerte.


Esto resulta ser elemental, para interpretar el mundo actual y sus tensiones; pero también para darnos a conocer la fragilidad que tenemos como seres humanos.


Cabe recordar, que la religión funcionó como pedagogía moral, antes de la existencia de códigos o reglas jurídicas formales.


No solo ofreció consuelo espiritual, sino que estableció normas morales, sistemas de autoridad y formas de convivencia.


Pero sin duda, estas “normas morales” en ocasiones no son congruentes, cuando una persona supuestamente predica el “bien” y una moral irrefutable que no ejerce.


De tal manera que todo lo sagrado, se convirtió en un elemento clave para la cohesión social y la legitimación del poder, ya que religión y política eran inseparables.


En épocas anteriores, los gobernantes solían presentarse como elegidos de los dioses o intermediarios, entre lo divino y lo humano.


Por supuesto que esto no era cuestionable, y quien lo hiciere, sufría castigos muy severos e incluso podía perder la vida por solo cuestionar.


Interesante saber, que la pregunta más frecuente que todos utilizamos como cuestionamiento es:


¿Por qué?


Pregunta breve, pero que sin duda pocos podrán responder de forma satisfactoria.


Sin embargo, hemos de reiterar, que rituales, símbolos y ceremonias, funcionaron y siguen funcionando, como mecanismos para enfrentar los retos de la vida cotidiana, generar conciencia sobre las consecuencias de los actos y transmitir una ética compartida.


En ese sentido, la religión ha sido una escuela moral colectiva, incluso para naturalistas, incrédulos, ateos y agnósticos.


Recordemos que, la religión surge como una respuesta al sufrimiento provocado por la injusticia social, pero también como una protección ante la angustia y el miedo.


Pero sabemos, que el miedo es heredado y aprendido, entonces surge la pregunta:

¿Sin miedo podría desparecer la angustia?


Posiblemente no desaparezca, pero el ser humano recurre a la “fe”, un recurso que sigue siendo un elemento central en la vida de millones de personas.


Así que la religión cualquiera que se ejerza, es un referente cultural, ético e identitario de una persona, de una familia y de un pueblo, por el simple hecho que fortalece la cohesión y establece una frontera entre lo permitido y lo prohibido.


¿Pero dónde termina lo permitido y donde inicia lo prohibido?


La respuesta a la que lleguemos, indudablemente involucra moral y cultura de una persona.


Al final del día, desde su origen todas las creencias son las herramientas más poderosas, con las que el ser humano, ha intentado ubicarse en el universo y enfrentar aquello que no puede controlar.


Porque, necesita creer que hay algo más allá de sí mismo, ya que en esa búsqueda persistente se encuentran claves fundamentales para entender nuestro pasado, nuestro presente y los retos éticos que aún están por venir.


Aquí cabe recordar a Carlos Monsivais, quien mencionaba:


“Muchos quieren vivir como se les de su “gana”, algo que se oye fácil, pero esto es muy complicado, porque vivir como te da tu gana implica educar tu “gana”, para no hacer de tu “gana” lo que quieras. Así que vivir como te da tu “gana”, es ejercer tu libertad con responsabilidad y con mayor creatividad.


Posiblemente esta referencia de Monsivais, no involucraba fe, mucho menos religión.


Lo cierto es que es importante construir una vida compartida, con metas e ideales en común dentro de una sociedad plural e incluyente, donde la civilidad sea nuestro único propósito.


Donde exista una sociedad con capacidad de reflexión, convencida de la autonomía, la justicia y la solidaridad.


Donde la religión que usted ejerza, logre su propósito que es “unir y conectar” aquello que se ha separado.


Sin embargo, la cuestión radica en la fiabilidad de aquellas “verdades” que se afirman y prometen cuyo resultado nos de una respuesta de saber quiénes somos, pero también para entender dónde y cuándo estamos.


¿Será cierto?


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