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Superficie de mármol

Marzo: memoria, lucha y voz — ser mujer en tiempos de resistencia.

  • Foto del escritor: APCJ
    APCJ
  • hace 1 día
  • 3 Min. de lectura

Por Janeth Escobedo Román.

Analista política.



“El acto más valiente para una mujer es pensar por sí misma y en voz alta.” — Coco Chanel.

 

Marzo no es solo un mes en el calendario. Es un eco constante de pasos que resuenan en las calles, de voces que se alzan y de historias que se niegan a ser olvidadas. El llamado Mes de la Mujer trasciende las flores y los discursos; es un recordatorio urgente de que la lucha por la dignidad, la justicia y el derecho a la vida sigue vigente.

 

Cada año, miles de mujeres toman las calles en distintas ciudades del país. En Ciudad Juárez, estas marchas no son una tendencia ni una moda: son una necesidad. Son un grito colectivo que denuncia la violencia estructural, la impunidad y el abandono institucional. Las pancartas no solo llevan consignas, también llevan nombres. Nombres de mujeres que ya no están, nombres que el sistema intentó convertir en cifras, pero que en las marchas recuperan su historia, su identidad y su lugar en la memoria colectiva.

 

Hablar de esta lucha también es hablar de casos que han marcado profundamente a la sociedad. El nombre de Marisela Escobedo sigue resonando como símbolo de valentía y de un sistema que falló. Su exigencia de justicia por el feminicidio de su hija, Rubí Marisol Frayre Escobedo, evidenció las grietas de las instituciones y dejó claro que alzar la voz en México puede tener consecuencias devastadoras. Su asesinato, frente a un edificio gubernamental, permanece como un símbolo brutal de la impunidad. Su historia no solo duele, también incomoda y obliga a mirar de frente una realidad que muchos prefieren ignorar.

 

De igual forma, el caso de Esmeralda Castillo Rincón sigue siendo una herida abierta. Desaparecida el 19 de mayo de 2009 en Ciudad Juárez, cuando tenía apenas 14 años, su historia representa la angustia de una ausencia sin respuesta. Su padre, José Luis Castillo, continúa buscándola incansablemente, convirtiendo su dolor en una lucha permanente. No es solo una historia individual, sino el reflejo de una problemática que persiste y que afecta a familias enteras. Son historias que se repiten, que indignan y que nos recuerdan que la violencia contra las mujeres no es un hecho aislado, sino una realidad que exige atención urgente.

 

No se trata de vivir en el dolor, sino de no permitir que el olvido se convierta en cómplice.

 

Pero marzo no es únicamente memoria del dolor. También es reconocimiento, resistencia y dignidad. Es un espacio para visibilizar a todas las mujeres: las que luchan, las que trabajan, las que cuidan, las que estudian, las que lideran y las que, día a día, sostienen a la sociedad desde distintos espacios. Sin embargo, también es necesario cuestionar por qué este reconocimiento se concentra en un solo mes, cuando el valor, la lucha y los derechos de las mujeres deben ser visibles y respetados todos los días.

 

Este mes también invita a la empatía y a la conciencia colectiva. A entender que la lucha por los derechos de las mujeres no es exclusiva de ellas, sino una responsabilidad compartida. A cuestionar las estructuras que han normalizado la violencia y a construir una sociedad más justa, donde el respeto y la igualdad no sean aspiraciones, sino realidades.

 

La importancia de marzo radica en no olvidar, pero también en avanzar. En convertir la memoria en acción y la indignación en cambios reales. Porque reconocer el valor de las mujeres implica también garantizar su seguridad, su libertad y su derecho a vivir sin miedo.

 

El Mes de la Mujer no debe reducirse a un acto simbólico, sino asumirse como un compromiso constante: con la memoria, con la justicia y con el reconocimiento pleno de todas las mujeres. Solo así podremos aspirar a una sociedad donde la equidad deje de ser una lucha y se convierta en una base sólida para todos.

 

No olvidamos a las que ya no están, porque en su ausencia vive nuestra memoria y nuestra exigencia de justicia; y reconocemos a las que estamos, porque en nuestra voz, en nuestra lucha y en nuestra fuerza, seguimos escribiendo la historia.

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