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Superficie de mármol

La cajita invisible: La Navidad que aprendimos de niños.

  • Foto del escritor: APCJ
    APCJ
  • 24 dic 2025
  • 4 Min. de lectura

Por Janeth Escobedo Román.


Diciembre llega cargado de fechas bonitas, de recuerdos que parecen guardados en una cajita invisible, mismos que sólo se abren cuando el aire huele a frío, a nostalgia. En mi cajita de recuerdos, lo primero que se hacía en casa al entrar diciembre era poner el árbol de Navidad. No era sólo un árbol: era todo un acontecimiento en el que participábamos todos. Sacar las cajas empolvadas que contenían esferas, luces, adornos al por mayor. Desenredar las luces, colgar los adornos uno por uno mientras sonaba la radio o la televisión de fondo con los cantos navideños. La casa cambiaba de ánimo, se llenaba de colores, de expectativas, sabores y olores a canela pura que se confundía con el piloncillo de los tradicionales brebajes que nos calentaban el alma.

 

Se hablaba de lo que se iba a cenar, de quiénes iban a venir, de cómo nos íbamos a acomodar. La convivencia familiar se anunciaba desde semanas antes. Ahí estaba yo, de niña, sentada en algún rincón con una hoja y un lápiz, escribiendo la carta más importante del año. No sabía qué me iba a poner, pero tenía que ser algo especial para una reunión muy especial.

“Santa, este año me porté muy bien…”, comenzaba siempre, como si esa frase fuera una contraseña mágica para que los sueños se hicieran realidad. La letanía era simbólica, sabía que tenía que poner frases bonitas, que tenía que esforzarme para que mi carta fuera leída.

 

Diciembre también llegaba con la televisión abierta como un punto de reunión. Hay una película muy antigua titulada Santa Claus (1959), también conocida como Santa Claus contra el Diablo. Muchas generaciones actuales no saben de su existencia, pero para las generaciones de antes era algo que nos emocionaba cada año. Esperábamos con ansias el día y la hora en que la transmitirían. No existían plataformas ni aplicaciones para verla cuando quisiéramos; la película llegaba una vez al año, y si te la perdías, había que esperar hasta el siguiente diciembre. Siempre se anunciaba con anticipación en el canal la hora de inicio de la transmisión, era todo un acontecimiento.

Imagen: fotograma de la película Santa contra el diablo (1959).
Imagen: fotograma de la película Santa contra el diablo (1959).

Esa versión de Santa Claus era distinta, ingenua, casi teatral. El bien y el mal se enfrentaban de forma clara: Santa defendiendo la bondad, el Diablo tentando a los niños. Era una película sencilla en el formato, recreaba con gran imaginación el mundo real, era poderosa en su mensaje. Nos enseñaba que portarse bien no era solo para recibir regalos, sino porque ser buenos era, en sí mismo, un valor. Aunque de niñas y niños no lo analizábamos así, algo se nos quedaba grabado: la idea de que la Navidad también hablaba de elecciones, de conciencia, de corazón, de amor.

 

En aquel entonces no entendía el verdadero significado de la Navidad. Para mí, como para muchos niños, la emoción estaba puesta en esperar a Santa Claus, en despertar temprano y correr hacia el árbol para ver los regalos acomodados debajo. La ilusión era material, inmediata, brillante, tangible en las cosas que pudiéramos tener en nuestras manos. Todo estaba bien: la infancia también es eso, creer sin preguntas, esperar sin dudas. Era necesario resignificar el significado de la Navidad.

 

Hoy la Navidad es distinta. Ya no espero regalos debajo del árbol. Ahora espero que toda la familia esté reunida alrededor de la mesa: pláticas largas que empiezan con cualquier tema y terminan en risas, anécdotas o silencios cómodos. Espero que la noche avance para que, después de la cena, comience la verdadera diversión: convivir, mirarnos, disfrutar el momento, abrir los regalos, sentir el calor de las manos, de los abrazos y parabienes que nos deseamos en cada hogar.

 

Con los años, entendemos que la Navidad no vive en los envoltorios, sino en la presencia. Que el verdadero regalo es el tiempo compartido, la posibilidad de estar juntos otro año más. Entender por qué esa película antigua hablaba de valores, por qué los adultos insistían tanto en la unión familiar, por qué diciembre siempre se siente diferente.

 

La ilusión de los niños sigue siendo el corazón de estas fechas. Verlos escribir sus cartas, colocar sus zapatos esperando encontrar allí la respuesta a sus súplicas o mirar el árbol con ojos brillantes es recordar quiénes fuimos. La Navidad se renueva en ellos. Mientras exista un niño esperando a Santa, mientras exista una familia que decida sentarse junta a la mesa, diciembre seguirá siendo un mes de valores, entrando con fechas bonitas… y quedándose para siempre en la cajita de los recuerdos. La cena de Navidad es entonces ese recuerdo de que la grandeza de la fe lo puede todo, pues recordamos el nacimiento del Niño Dios  que es el verdadero regalo que tenemos como creyentes de la Navidad.

 

Aunque crezcamos, la Navidad siempre encuentra la forma de recordarnos lo bonito que fue creer… y lo bonito que sigue siendo hacerlo.


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